Has de saber que soy geminiana; signo de aire. Comunicación e idealismo. O algo así. Por tanto, no te sonará extraño que haya estudiado Letras Hispánicas, que me guste leer y escribir, y que mi aspiración más encarnada sea que mi vida sea un desmadre. No un desmadre-desmadre así de qué desmadre. Pero odio la monotonía. Actualmente tengo un trabajo estable: soy editora y traductora, y lo hago bien, muy bien, pero espero salirme de trabajar el próximo año para comenzar mi maestría, vivir un ratito en Madrid, luego regresar y quién sabe, vivir en Xalapa o en Mérida. O quizás un rato más en DF. Aspiro a saber mucho, es lo que más me motiva: aprender. Y enseñar y relacionarme con personas, por lo que también -y aprovechando que puedo hablar varios idiomas- aspiro a entrar a trabajar en algún momento en la UNESCO. Me gusta el activismo, que mis acciones repercutan en la sociedad, vivir en sintonía y congruencia con lo que predico. Por lo tanto, trato de no usar coche y más bien uso la bici, hago cosas voluntariamente y no por una paga, y trato de comunicar todo eso a los que conozco. Además, trato de vivir siempre informada y ser muy crítica y exigente con lo que acontece socialmente. Eso no quiere decir que sea una piedra; diablos, ¡lo que más me mueve en el mundo es la ficción! Soy un ser altamente curioso y en movimiento, deberías conocerme.
Mi ideal es ser feliz, y creo que para ser feliz necesito no estar quieta, disfrutar el mundo, hacer todo y de todo. No aspiro a crecer en un trabajo estable ni a tener una casa bien cimentada en alguna colonia nice de la ciudad, con un coche afuera y bares y antros los fines de semana. Eso francamente me da mucha flojera y me es totalmente ajeno. Puedo aceptarlo en mi vida, pero para nada es mi ideal. Mi ideal es también enamorarme; lo he hecho en varias ocasiones; soy muy entregada y amorosa y creo, francamente, que estar conmigo es todo un viaje surrealista. Cuando amo y me aman me siento libre, es el escape que necesita mi espíritu; me siento libre y acogida, con ganas de hacerlo todo. Son mis momentos más creativos y más activos. En serio me hace bien.
Quizás quiera un hijo en algún momento; no es mi ideal, pero no me molestaría si fuera con alguien a quien amo y sé que haremos de ese hijo una gran persona. No pienso en eso mucho, soy muy egoísta y no sé cómo podría modificar mi vida entera para orientarla hacia un escuincle, pero he de confesar que en un par de ocasiones es algo que sí me ha ilusionado.
No doy nada por este mundo, me queda claro que es horrible, a la gente no le importa destruir mientras tenga bien satisfechas sus comodidas más imbéciles; la política nacional va de mal en peor, sólo espero el momento de una dictadura; el agua se acaba, los animales mueren, cada vez nos alimentamos de más químicos y productos artificiales. Sin embargo, hay cosas que valen la pena: el mundo sigue siendo hermoso si uno lo mira bien atentamente, hay gente en la calle que es tan peculiar que es necesario voltear a verla, la ficción es algo que definitivamente mueve, lo inverosímil, lo inexplicable, lo inexistente. Las posibilidades del lenguaje. Estar con tus amigos y olvidarte de que todo se va a cuesta abajo porque en ese momento, en ese momento estás increíblemente bien y no te falta nada. El mundo es hermoso, saludar, sonreír, hacer algo por los otros. Vivir cada día. Sentir que somos de la misma materia de los soles. Perderse en la música y hacer que genere algo dentro de ti. Saber todo lo que ha habido: el conocimiento humano es increíblemente vasto, qué mar tan riquísimo y fecundo. Conocer personas, conocerte a ti, que me conozcas.
Son cosas que merecen ser dichas.2. ¿Cómo describirías tu proceso personal por el que llegas al Agnosticismo? (Entiendo que eres agnóstica, ¿verdad?)
¿Sabes? Creo que de ser agnóstica terminé siendo atea.
Es una historia interesante, aunque creo que no tan peculiar. Veamos.
Crecí, como la mayor parte de la población mexicana, en una familia mediocremente católica. Fui bautizada, tuve mis tres años, y a los 9 fui al catecismo para hacer mi primera comunión y mi confirmación. Aprendí todos los dogmas y mi curiosidad era inmensa, así que, como todo niño al que se le ha enseñado que preguntar no tiene nada de malo, quise saber más y más y más. Me enojaba que mis papás no hiceran bien todo lo que la ortodoxia católica encomendaba; trataba de que fuéramos más a la iglesia y que rezáramos y que siguieramos de pe a pa los preceptos que la Biblia nos inculcaba. Trataba de leer la Biblia. El catecismo, como casi todos los catecismos, lo presidía una persona con un muy limitado conocimiento religioso. De eso me di cuenta casi inmediatamente, cuando uno hacía las típicas preguntas que hace alguien que se topa por vez primera con el misticismo, y la respuesta tenía siempre que ver con la fe. ¿La fe? ¿Qué demonios era eso? Nunca lo supe de cierto. Lo que sí, es que con todas esas respuestas poco satisfactorias se fue gestando una semillita dentro de mí. La semillita de la duda. De la duda no resuelta. Enemiga de la fe. Comencé a pensar que bueno, quizás todo era una tomada de pelo, ¿sabes? Y, a la par, comencé a clavarme más en la historia. Supe del génesis del cristianismo, del pleito contra el judaísmo, de cómo el mundo se movía con hilos religiosos (que la religión no era más que eso, hilos). Claro que tuve mi etapa chaira en la que me dolía hasta el alma la masacre de los mesoamericanos y la imposición del dogma cristiano. ¡¿Cómo?!, gritaba, ¿cómo era posible tanta incongruencia? ¿tanta matanza e intransigencia? ¿Dónde queda "Dios"? Para entonces ya había entrado en la prepa, y aunque no asumí nunca un descreímiento de la figura divina, de alguna figura divina, y mis bolas de lodo fueron dirigidas sobre todo contra la Iglesia católica, todo eso impidió que reflexionara sobre la divinidad, en si realmente creía (y sentía) que hubiera un dios allá arriba. Ahí está mi agnosticismo. Me encariñé con Tlaloc y Chaac, e inventé un dios de mi propiedad, a mi imagen y semejanza: Pupucu.
Los años pasaron y de repente me di cuenta de que no creía en Dios. No creo en Dios alguno. Cuando me entero de cosas que pasan en el Universo o en la vida o en el hombre, y trato de explicármelas, nunca jamás meto la variable divina a la ecuación. Nunca. Todas las cosas pueden explicarse sin ese motor. Así lo siento desde dentro. Ni siquiera lo pienso, sólo lo siento. Siento que no hay Dios; Dios es una idea que me es tan tan ajena. Luego, en la universidad, con toda mi formación en literatura aprendí que Dios es casi siempre un motivo o un motor para los escritores, filósofos y artistas. Lo examiné con lupa, con microscopio, vi con agrado estético el producto terminado de pinturas inspiradas, Renacimiento inspirado, Edad Media inspirada. Admiro cabronamente el arte sacro (mucho del arte sacro, no todo), Los milagros de Nuestra Señora, la poesía de Sor Juana, a Spinoza, Descartes, Hume, Tomás Moro y Aquino, filosófos cuyo motor fue esa imagen divina, el cuestionarse, el preguntarse. Pero no me mueve internamente. No movió nunca eso que llaman fe. No la conozco. Y ni siquiera me pesa. Me intriga, pero no me pesa. Si me preguntas, todo es producto de la ficción. Y lo entiendo, lo entiendo porque sé de historia y de literatura y de filosofía y también un poquito de ciencia. Y sé de los mitos y los ritos, y me encantan. Pero como producto literario, ¿ves? No como religión.
Y así es y por eso soy atea.
4 Blah, blah, blah.:
es como las preguntas que hacen luego de decirte "recomiéndame un libro" (amé ese post) :-p
ahí voy yo a meter mi cucharota con una pregunta:
Cómo amas, Bren?
Exaaaacto.
¿Cómo amo? Amando.
Chica, tengo que decir algo honestamente: admiro tu claridad mental y tu forma tan honesta de expresarte, verdaderamente.
Un abrazo!
Encantador blog el tuyo, un placer haberme pasado por tu espacio.
Saludos y buena tarde de sábado.
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