Murió mi abuela, la segunda ella. Y esta tercera, cuarta experiencia con la muerte no podría haber sido más disímil. Hasta ahora la muerte se me había presentado encarnizada, monstruosa, procaz: un trapito que se alzaba fácilmente del suelo; mi abuelo que, cubierto en mantas y con piel de cera, perdía y soltaba a su ser en la nada, lo desaparecía agresivamente, de repente; mi abuela agonizante y con los párpados temblando como dos pajaritos recién nacidos.
Esta última muerte, sin embargo, me fue ajena, distante. Pudo haber sido como en las películas, alguien que muere a la distancia, alguien de cuya muerte no se sabe nada más que murió. Murió mi abuela, y murió tranquila: en su cama, dormida, de un infarto que nadie se esperaba pero cuya ocurrencia no lamentamos pues ella tenía ya 86 años. Suficientes, dicen unos, y en ella no fueron demasiados. No llegó a la decrepitud ni al dolor altisonante ni a los llantos ni a las noches en un hospital. Simplemente dijo adiós, un día, cuando nadie lo esperábamos pero cuando ella pensó que sería lo más adecuado: el viernes, justo antes del puente para que todos los familiares de todas partes de México pudieran venir a su entierro. Y así fue. Una muerte calmada, algo triste como todas pero cálida como muy pocas.
Y ahora que murió estoy todavía más confundida. ¿Qué fue la muerte en ella? ¿Por qué tan tranquila? ¿Ella decidió partir? Es la muerte menos violenta que me ha tocado, ¿es esto también muerte? Me parece increíble, tanto, que ni siquiera parece que se haya ido. Es la primera vez que puedo sentir que su espíritu sigue pululando en nuestras vidas, blanco como lo dibujan, pacífico y amoroso. Pfff. ¿Es eso también la muerte o es otra cosa?
¿Me oye todavía mi abuela si le hablo? ¿Está a mi lado? Podría asegurar que sí porque la siento.
0 Blah, blah, blah.:
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